Se le ha dicho a don Álvaro Pombo que ahora, nuevamente, con sus "Cuentos autobiográficos. Volumen I" (Anagrama, 2025), no ha hecho sino volver hacernos sentir, palpar, casi hasta olfatear mucho a esa España que nos ha acostumbrado a mirar y, en especial, la bahía de Santander.
Es como una manía de educarnos, de llamar a sensibilizarnos. Las maneras que tienen los poetas meditativos para que nos paremos y miremos hacia arriba, maravillados, o nos detengamos a captar el viento, deletrear la luz, aprehender el tiempo. Y le cito, como muestra, apenas las primeras líneas de “Los señores”, la primera de las 18 narraciones que ha incluido en sus destellos autobiográficos:
“De la tierra santanderina veníamos nosotros. Quizá he ido olvidándolo casi todo. Quizá todo. Lo lamento. Pero no he olvidado la majestad de los majestuosos cielos montañeses y castellanos. Nos encuadraba, los agostos, el absoluto firmamento del verano de Castilla. El resfrío retinto de los atardeceres de los otoños en Santander o en Madrid. El severo, gélido, altísimo éter mural del enero celeste, divisible en siempre divisibles...”
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Pombo responde, al vuelo, levantando ligeramente los hombros, muy a su manera: “A mí me parece que la literatura es una cosa maravillosa; la que yo hago, en ese sentido, es justo eso: ver, sentir... sí, la literatura nos ayuda a estar atentos.”
Álvaro Pombo, uno de los escritores contemporáneos de habla hispana más alabados, se ha levantado del reposo en cama y está repantingado en la silla de ruedas. Lleva su infalible gorro azul, sus guantines tejidos de color negro que dejan al descubierto los dedos, sus gafas redondas con los aros dorados. Es en el interior de su casa. En el cálido salón de su piso de Argüelles. Un quinto nivel.
En el ventanal que da al exterior, se observa la célebre terraza, protagonista a veces central de sus igualmente célebres novelas. Pero en el interior, en una mesilla lateral hay un recipiente con surtidos de galletas. El juego de cinco tazas. La tetera de porcelana negra. El té inglés que ha traído la sobrina Flavia. El tea time, el reposo obligado para la infusión perfecta. Y está la Monzonís, la Maribela. Y también ha venido la prima Marieta, la “siempre distinguida”, como el mismo Pombo la ha citado en alguno de sus cuentos y que se ha sentado en el sillón orejero del salón. Es un afortunado momento, casi familiar, que tanto rememora Pombo en sus breves narraciones.
Es el tercer martes de febrero. Un día después de su visita a la librería Alberti para la presentación de "Cuentos autobiográficos" acompañado de Mario Crespo, el escritor e historiador. El también santanderino y montañés. Su biógrafo, para mejores cercanías, que ha anunciado a todos que la biografía de Pombo está a pocos meses de publicarse. En imprenta. A Pombo, que sonríe algo satisfecho, le ha parecido un privilegio habérselo topado en la vida, “fíjate que yo he tenido la suerte de encontrarme con Mario hace muchos años. Me conoce bien, como es natural”.
En este mismo salón, en el encuentro de hace casi un año, en aquel entonces a pocos días de recibir el Premio Cervantes de manos de los monarcas españoles, Álvaro Pombo (Santander, 1939) comentaba que “calculando que me queden cinco años más, serán 90 años.
"Obviamente me quedan cinco o cuatro libros interesantes que escribir. Lo que quiero decir es que no estoy cansado de escribir”. Y ahí se le va.
Pombo se ha dejado ver poco públicamente en contraste con lo mucho producido. A la exitosa recepción de su "Santander", 1936 (2023), y de "El exclaustrado" en 2024, le siguió la impresión inédita de los legendarios guiones de la radionovela de amplia resonancia cuando fue emitida por la Radio Nacional de España en 1985, y ahora publicada con el título de "Doña Mercedes o la vida perdurable" (2025). Se agregaría el celebrado compendio "Poesía completa" (1973-2024) (2024), con el sello de las Ediciones Vitruvio. A fines de 2025 se publicó también una antología editada por Renacimiento con el nombre de "Substancia". Apenas en noviembre último, salió el primer volumen de los "Cuentos autobiográficos". Y vienen más, para finales de este mayo –nos anuncia Pombo– saldrá el segundo tomo de los tres volúmenes que se ha planteado hasta ahora. Y lo que viene es más y más: “Es que Álvaro no para”, recapitula Flavia que trae a colación un reciente encabezado de un periódico que destacaba a los octogenarios productivos, “fíjate que sacaron una foto de Pombo y lo sacaban como un ejemplo del octogenario ultraproductivo. Fíjate: ultra-produc-tivos. Es que es verdad, es que es alucinante, o sea, llegar a una determinada edad y con esa inercia”.
Ahora, a los 86 años, Pombo mantiene las mismas horas diarias dedicadas a los apuntes, esbozos, ideas y a la escritura a puño y pluma. Un tiempo similar, casi religioso, dedicado a la lectura no exenta de hacerlo en voz alta, en ecos sonoros o como susurro en solitario para ejercitar y mantener el músculo de otra de sus finas hechuras: la declamación. Desde hace seis meses, tiene los jueves, como académico de número que es y como obligada disciplina, que acudir a la sede de la Real Academia Española. Ahí dicta, revisa, recrea y coteja sus escritos. Sin ir muy lejos, este 11 de febrero la propia RAE convocó a una velada de lectura con motivo de la publicación de la antología Substancia arriba citada.
Si se recogen unas líneas de alguno de sus 18 cuentos, en el dedicado a la fotógrafa venezolana “Lisbeth”, por ejemplo, se sabrá o se intentará saber algo del Pombo de estos días: “tengo un aire sobrevenido de observador inesperado, indeseado y, de algún modo, malencarado, encarnado en un careto frailuno, un falso monje de algún modo. La edad ha hecho de mí una buena imitación, falsificante, de un monje de clausura”, discurre Pombo. Y sigue: “Ahora soy un viejo estoico, tranquilizado, farmacoadicto, precavido, dependiente de la ayuda de mis prójimos próximos, sin la cual estaría destartalado. A estas alturas de mi vida es sano entreaprender o esforzarse en aprender el arte de la dependencia creadora.”
Es la prima Marieta la que toma la palabra y ofrece un acercamiento más: “Álvaro es introspectivo. Álvaro tiene un mundo interior, único.”
–Vamos a ver, Marieta, mi mundo interior es esta casa, básicamente, y el gato –acota Pombo. Y el dorado gato Michi, rondando el salón como a su aire.
–Álvaro tiene un mundo interior –ataja Marieta– y tienes que saber pescar parte de ese mundo interior. Álvaro es una persona que tiene los ojos en todos lados, por ejemplo, puestos en este salón aquí que todo lo ve. Álvaro ve más que lo que nosotros podamos ver, y eso que ve es inmenso. Es muy peligroso estar aquí, ¿sabes? ¡Nada más tú sales de aquí y Álvaro te termina por conocer que no te quiero ni contar!
–No es verdad, es que Marieta es la presidenta del club de fans. De mi club de fans –le interrumpe Álvaro Pombo–. Yo soy muy insatisfactorio, porque no me interesa hablar nunca de mi literatura ni la ajena.
Pero Marieta insiste: “Álvaro no es un escritor normal. Tú, si estás acostumbrado a leerle, ves que la prosa es distinta a los demás. Y es que dentro de todos sus libros hay poesía y filosofía, ¿sabes lo que te quiero decir?”.
De hecho, Pombo ha reconocido gran parte de lo que Marieta nos acaba de decir. Pongo aquí, como otro ejemplo, lo que ha escrito en la octava narración de sus 18 asomos biográficos: “me di cuenta de que se podía utilizar la novela con una carga de reflexión filosófica o antropológica o teológica que siempre ha existido en mi vida”.
A Pombo se le hace ver que en sus recientes instantáneas biográficas, aparte de su guiños a su maestro José María Cagigal y a los poetas ingleses, también vuelve a referirse a aquellos pensadores y filósofos agrupados en torno a la figura de Ortega y Gasset y que el también filósofo Julián Marías llamaría la “Escuela de Madrid”, a la que el mismo Marías pertenecía. Pombo nacería en 1939, cuando ya las lecciones filosóficas de Manuel García Morente eran todo un clásico. O las enseñanzas de Xavier Zubiri serían ampliamente comentadas y celebradas o incluso ya se conocía Filosofía y poesía de María Zambrano. “Sí que he leído de Zubiri su Naturaleza, Historia, Dios o igual el libro Sobre la esencia. De Ortega yo sé quién era.”
–Y también menciona a Octavio Paz, al que le ha puesto el “gran” de grande, como usted –se le inquiere.
–Gran, le pongo, claro, porque realmente es un gran. Y es que aparte de un gran poeta, era un gran intelectual. Pero yo no.
Y cierra la observación con ese ligero levantamiento de hombros, muy suyo.
A Pombo se le informa que se ha ido a la Plaza de España y se ha querido encontrar el punto exacto o quizá el banco, si todavía existiese, donde él se sentara y se confrontara con los agentes de policía vestidos de civil. Fue en una “de esas noches madrileñas de calor ligero”, tal como lo describe en “Gobernación”, una de sus 18 narraciones, allá en “los años lentos” de la dictadura franquista, a poco de decidirse por largarse de España e irse a radicar a Londres. “Me parecía maravilloso en aquel entonces dar un paseo por Madrid y sentarme en un banco en la Plaza de España. Frente a mí se paró una lechera y salieron dos agentes de policía. Dos inspectores de paisano. El que me interpeló a mí llevaba una pistola cruzada en el cinto”, se describe en “Gobernación”. De ahí, lo trasladaron directamente a los temidos sótanos de la comisaría de Puerta del Sol: “Me soltaron al tercer día. Sin cargos. Sin cargos, pero dando parte al colegio Tajamar. Dejé las clases, dejé el colegio o me dejaron a mí. Me fui a Londres y no volví hasta 12 años después.” Por eso, ahora que ha dejado ver reflejado en sus narraciones biográficas quizá alguna placa conmemorativa, alguna tabla informativa, algún letrero de advertencia en un banco de la Plaza de España, se le dice, ya no se dan esos aplomos ni las reivindicaciones ni las valentías de entonces. Pero Pombo ha vuelto a levantar ligeramente los hombros, “pero si mi vida es nada. Yo me aburro mucho a mí mismo”, mira de fijo y ha vuelto a resaltar la insoportable nimiedad de la vida.
La singularidad del texto lo es todo, dice Pombo sin rodeos, para pasar a preguntarse “¿en qué medida la singularidad del texto y la singularidad del autor difieren o se identifican?”. Pombo se responde señalando que en ello “hay envuelta una cuestión de gusto estético”. Todas las autobiografías como la suya misma, sustenta Pombo en uno de los 18 cuentos, le “dan cierto repelús”. El repelús está a caballo entre la repugnancia y un temor indefinido.
Y es que Pombo, como lo ha venido haciendo cada que se busca conocer de él, suele adherirse a la norma kantiana De nobis ipsis silemus (“Callemos acerca de nosotros mismos”). Es el mismo Pombo de toda la vida, el muy dado a repugnar la autoalabanza y la autocomplacencia. Ya en el séptimo de los 18 cuentos define mucho de esa insania: “Y escribir fue entonces –y sigue siendo ahora– un modesto ejercicio de musculación, agotador, fascinante, que, a estas alturas, me deja con frecuencia insatisfecho. Confío en que mis libros resulten más brillantes que yo mismo.”
No se puede soslayar, se le dice a Pombo, que en cada uno de sus 18 "Cuentos autobiográficos" algo se va descifrando del escritor que es. Y en nada es aburrido. Y se le añade a Pombo que en sus destellos de vida ofrece una que otra pista de su método y formas, como aquella que sugiere que a todo escrito habría que aderezarle un poquito o algo de latín acaso para darle realce.
–Bueno, pero esos son chistes que hago yo.
–¿Entonces no hay que aderezar con latín nada?
–Yo lo hago, pero eso es puro cuento, ¿sabes? A ver, yo soy un cuentista y tengo mucho cuento. Yo soy un actor, un payaso. No tengo una identidad –suelta con el ligero levantamiento de hombros, muy suyo.
Va cayendo la tarde. Las cosas no se rompen, se disuelven férrea y dulcemente, como escribiera Pombo de su natal Santander. En el interior del salón, en la pared de cabecera, cuelga el Cristo que le regaló su madre a su regreso de Londres en 1977. A poco de ahí pende el cuadro con el dibujo que hiciera Carmen Aparicio de Álvaro Pombo y que ilustra la portada de los "Cuentos autobiográficos". Algo más arriba, girando a la izquierda, está la foto con la marialuisa en negro que resalta la figura de María del Carmen. Un rostro que te mira de fijo de belleza y ojos únicos. Está vestida al estilo “gran Gatsby” o flapper en negro con flecos. Se trata de un retrato de cuerpo entero de los años veinte del siglo pasado. Es la altiva María del Carmen, tía de Pombo, que dejó Santander para irse a México con el atractivo Indalecio en los años de la revuelta cristera y que sirvió de marco para ese portento de novela llamada Una ventana al norte. “Se casó con un mexicano, era un hombre muy guapo y la novela es parte de la vida de María del Carmen que no aguantaba los nervios de su padre y él que no le aguantaba las ñoñerías un poco de aquel momento de la niña. Yo, aquí, la tengo fotografiada”, presume Pombo.
Con esa instantánea se termina el encuentro, la tertulia con dejo familiar. La advertencia sobre las lecturas posibles del primer volumen de sus "Cuentos autobiográficos", la ha dejado clara en el relato “La factura de la felicidad”, el cuento número 11 de los 18: “Pero si por casualidad alguien leyera estas líneas, se asombraría viendo lo poquísimo de mí que puede verse o que puede decirse. Se puede decir de mí tan poco porque mi vida ha sido una curiosa expansión de solo el mínimo posible de una cierta entidad [...] ¿Es posible ser lo mínimo posible?”
Habría, quizás, que tomarlo al vuelo y concluir, con Pombo, que el escritor debe ser más pequeño que la materia que relata. Se debe ver, en ese caso, que la historia se le escapa por todas partes y que él solo recoge poco. En "Cuentos autobiográficos", quien los lee, tiene el gusto de esa abundancia que se desborda más allá del escritor.