El mexicano Santiago Giménez fue titular y dio una asistencia, para su mala suerte el Milan terminó perdiendo 1-2 ante el Cagliari en la última jornada de la Serie A, el cuadro rossonero terminó sexto de la tabla y, por segunda temporada consecutiva, se quedó sin plaza en la Champions League, lo que significa un fracaso total.
Hay derrotas que son un resultado y derrotas que son una condena. Esta del Milan pertenece a la segunda especie. La derrota ante el Cagliari, en un San Siro que esperaba alivio y acabó entregado al silbido, retrata el fracaso entero de un equipo que empezó la temporada muy cerca del Inter y terminó en el abismo. Ahora deberá conformarse con la Europa League.
El Milan llegó al último duelo en tercer sitio, dependiendo de sí mismo y recibiendo a un rival sin deberes ni ambiciones. Ganar y asunto resuelto. Un último esfuerzo para cerrar el curso entre los grandes de Europa y maquillar una campaña llena de curvas. Pero el Milan de Allegri, este Milan inseguro y quebradizo, fue víctima de sus propios nervios.
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Todo empezó como imaginó San Siro. A los dos minutos, Saelemaekers adelantó a su equipo culminando una jugada hermosa en su simplicidad: balón largo de Gabbia, prolongación de Giménez, el mexicano bajó el balón con la cabeza dentro del área para asistir al belga. El estadio respiró tranquilo.
Olía a noche de reconciliación, a trámite feliz. Incluso a redención después de tantos meses de sobresaltos. Porque el Milan venía ya avisado por la temporada. Del mano a mano con el Inter pasó a pelear por no colapsar. La victoria en Génova la pasada jornada detuvo una hemorragia de dos derrotas seguidas que coincidió además con la ausencia de Modric, lesionado en el rostro.
El croata empezó en el banquillo junto a Leao, como si Allegri quisiera reservar una última bala para el caso de incendio. Y el incendio llegó. El empate de Borrelli a los veinte minutos cambió el aire del estadio. El Milan perdió de golpe la ligereza, empezó a jugar atenazado y se consumió lentamente en la espesura.
Mucho balón, poca alma. Mucha ansiedad y ninguna claridad. Así llegó el descanso y así siguió la segunda parte, mientras las noticias del resto de resultados mantenían provisionalmente al Milan entre los cuatro primeros.
Hasta que apareció Juan Rodríguez para escribir la tragedia. Maignan firmó un paradón a un cabezazo de Borrelli, pero el rechace cayó muerto en el área y el uruguayo, libre de marca, empujó el balón a la red. Al mismo tiempo Malen adelantaba a la Roma. En un instante, todo se vino abajo. El Milan ya no estaba en Champions y necesitaba dos goles para sobrevivir.
Entonces Allegri echó mano de todo. Metió a Pulisic en lugar del mexicano Giménez. Entró Modric con una máscara protectora. Después Leao. Luego Füllkrug. Toda la artillería sobre el césped, aunque más desde la desesperación que desde la convicción. El equipo atacaba con prisa, no con futbol.
Rabiot tuvo el empate en un centro de Leao, pero el partido estuvo mucho más cerca del 1-3. Maignan sostuvo al Milan como pudo ante Borrelli, Zappa y Mendy, que desperdició un mano a mano clarísimo. San Siro, mientras tanto, dejó de creer.
El final fue el esperado: silbidos y la resignación de finalizar otra temporada en la que el Milan volvió a naufragar con una sexta plaza insuficiente para un equipo de su historia. San Siro terminó mirando al palco. Pidió explicaciones a la dirección del club mientras la Roma y el Como celebraron su clasificación para la Champions.
Con información de EFE.